Sale de la ducha,
encima de la cama ya está preparada la falda y la camisa. Busca las medias, las
medias que no están rotas, aunque no lo parezca es costoso, siempre se niega a
tirar las medias rotas, se le suelen romper por arriba y las guarda por si algún
día se pone algún vestido largo que tape el agujero y le puedan servir. Nunca
se pone vestidos largos, es más, odia los vestidos largos. Se sube las medias
con la delicadeza de un camionero, pega dos saltitos para subírselas lo más arriba
que puede, lo que su coxis le permite. Se coloca la falda, etiqueta para atrás,
se pone la camisa y encima la americana que está en el armario. Se mira al
espejo, recoloca sus pechos, se asegura de que lleva la etiqueta de la falda
hacia atrás otra vez, se ahueca el pelo, lanza un beso y se va con un ligero
movimiento de culo.
Hoy tiene poco trabajo en la oficina
así que pretende acabar todo rápido porque ha quedado con su amigas en el café
Boulevard del Paseo de la Castellana. Al entrar en la oficina y nada más ocupar
su asiento acude Roberto a su mesa con una de las excusas de siempre, véase
déjame un clip, o pregunta si ha mandado tal o tal cosa para después proseguir
con los piropos tan manidos como menos mal que has venido porque tu sonrisa ha
alumbrado la oficina o que bien te sienta esa falda. Muchas veces al salir del
trabajo se van a su apartamento y tienen sexo. Ella está bien con eso, pero le
molestan las frivolidades y los convencionalismos innecesarios, así que le
soltó un esta noche no y Roberto se fue por donde entró.
Finalmente salió de la oficina, se
dispuso a coger un taxi, cosa que odiaba, le hacía sentir muy ridícula. Llegó
al café, ya estaban allí casi todas sus amigas, las saludo una por una con un
par de ruidosos besos y continuaron con la cháchara que ya tenían empezada. Sus
conversaciones dotadas de gran controversia solían trascender en hacer apología
sobre una marca de pintalabios u otra. Después de salir del café, algo agotada
y con embotamiento de cabeza, tanto por las absurdas conversaciones, como por
el ruido de risas despiadadas de otras mesas y la música monorrítmica llegó a
casa y en el ascensor que subía a su piso, se miró al espejo. Había otra arruga
más y su cara parecía cada vez más avinagrada.
¿Qué hacer cuando todo te hastía? ¿Es
acaso una elevación del ego la pose por desprestigiar todo lo banal? ¿Qué hacer
para cambiarlo?
Volvió a releer esto que había
escrito y se dio cuenta de que parecía un artículo redactado por la
protagonista de Sexo en Nueva York, inmediatamente lo borró y pensó que debería
hacer algo diferente, esto parecía muy común.
L,