martes, 18 de diciembre de 2012

EL HILO QUE SEGUIMOS SIN SABER DE QUE OVEJA VIENE Y A QUIEN COÑO VISTE


No repara hacia donde irá su caída en el salto. Es un impulso el que le hace saltar, el hombre en su extraño complejo de muelle acaba volviendo al lugar del que partió. Su paso en la vida se desvanece como lo hace el tiempo subido a la rama de un árbol. La existencia del hombre acaba con el lanzamiento del romántico a la tempestad que llaman muerte y visten de negro. Nuestros más terribles miedos esbozados en el lienzo como si al reconocerlos existentes desvanecieran.

Pero…

El hombre grita y las ondas cromáticas de su voz junto con él se derriten al grito.

L,

martes, 4 de diciembre de 2012

SUBLIMACIÓN


        Sale de la ducha, encima de la cama ya está preparada la falda y la camisa. Busca las medias, las medias que no están rotas, aunque no lo parezca es costoso, siempre se niega a tirar las medias rotas, se le suelen romper por arriba y las guarda por si algún día se pone algún vestido largo que tape el agujero y le puedan servir. Nunca se pone vestidos largos, es más, odia los vestidos largos. Se sube las medias con la delicadeza de un camionero, pega dos saltitos para subírselas lo más arriba que puede, lo que su coxis le permite. Se coloca la falda, etiqueta para atrás, se pone la camisa y encima la americana que está en el armario. Se mira al espejo, recoloca sus pechos, se asegura de que lleva la etiqueta de la falda hacia atrás otra vez, se ahueca el pelo, lanza un beso y se va con un ligero movimiento de culo. 

            Hoy tiene poco trabajo en la oficina así que pretende acabar todo rápido porque ha quedado con su amigas en el café Boulevard del Paseo de la Castellana. Al entrar en la oficina y nada más ocupar su asiento acude Roberto a su mesa con una de las excusas de siempre, véase déjame un clip, o pregunta si ha mandado tal o tal cosa para después proseguir con los piropos tan manidos como menos mal que has venido porque tu sonrisa ha alumbrado la oficina o que bien te sienta esa falda. Muchas veces al salir del trabajo se van a su apartamento y tienen sexo. Ella está bien con eso, pero le molestan las frivolidades y los convencionalismos innecesarios, así que le soltó un esta noche no y Roberto se fue por donde entró.

            Finalmente salió de la oficina, se dispuso a coger un taxi, cosa que odiaba, le hacía sentir muy ridícula. Llegó al café, ya estaban allí casi todas sus amigas, las saludo una por una con un par de ruidosos besos y continuaron con la cháchara que ya tenían empezada. Sus conversaciones dotadas de gran controversia solían trascender en hacer apología sobre una marca de pintalabios u otra. Después de salir del café, algo agotada y con embotamiento de cabeza, tanto por las absurdas conversaciones, como por el ruido de risas despiadadas de otras mesas y la música monorrítmica llegó a casa y en el ascensor que subía a su piso, se miró al espejo. Había otra arruga más y su cara parecía cada vez más avinagrada.

            ¿Qué hacer cuando todo te hastía? ¿Es acaso una elevación del ego la pose por desprestigiar todo lo banal? ¿Qué hacer para cambiarlo?

            Volvió a releer esto que había escrito y se dio cuenta de que parecía un artículo redactado por la protagonista de Sexo en Nueva York, inmediatamente lo borró y pensó que debería hacer algo diferente, esto parecía muy común.

L, 

lunes, 3 de diciembre de 2012

Wim Meterns


Noche de viernes, noche de Wim Mertens, espectacular concierto, inmejorable compañía. 


            Dorado, granate, verde, blanco. Y ahí está, once veces ocho teclas, lo miras y lo miras, lo vuelves a mirar, el murmullo de la gente lo inquieta, será con el silencio donde se nos muestre su majestuosidad, será el nanosegundo antes de la primera nota, títere sin titiritero, solo espera a que esta gente enmudezca que la luz ya te enfoca a ti.

¡Ya salen, ya salen! Una vibración de sonido sordo nubla la sala, espaldas encorvadas a la expectación. Aparecen los tres, cada uno en busca de su títere, de su extremidad, finalmente cada uno con su instrumento aumentan la tensión irrefrenable hasta que suene la primera nota. Y es ese momento, ese momento es uno de los más perfectos, al borde del climax, esperas con ansia a que llegue ya y es cuando llega cuando no quieres que pare. Sin embargo, cuando piensas que algo no puede ir mejor, viene algo o alguien que lo mejora con un susurro, en el que señalándome a la violinista me dice:

            -Esa algún día será Bea.

Y aunque mi respuesta fuese: -Ojalá, las lágrimas de después eran de la certeza de que algún día será así y de que sin duda será uno de los mejores momentos de mi vida. 

L,