Mi
padre y sus collejas me enseñaron que poner los codos encima de la mesa era una
falta de respeto, mientras mi madre me mostraba el lado oscuro al que pertenece
la sumisión disfrazada de amor servicial.
Yo
imaginaba la vida como un constante musical y en esos momentos de reunión de la
familia en la mesa la banda sonora que nos acompañaba era comparable a la del
hundimiento del titanic, igual de tétrica y de mala. Momentos de tensión en los
que los segundos los marcaba el sonido de mis dientes arrastrando la comida del
tenedor. Es en el silencio donde más cosas oímos, donde se alza más triunfante
el sonido. Esto es como todo, la bondad en un mundo repleto de maldad reclama
mayor atención, pero ¿acaso adquiere mayor merito?. En un alborotado restaurante
el chirrido de mis dientes en el tenedor pasa desapercibido, como lo haría un
acto de bondad en un mundo contrario al de hoy. Sin embargo en la mesa… ya lo
he dicho, es eso lo que marca los segundos.
Yo
no era como todos esos demás niños protagonistas de otros relatos, yo ni leía,
ni me gustaba estar solo, pero si que me sentía incomprendido, ¿Y quién no lo
hace? Pero la incomprensión mas fundada y que más me preocupaba era la que me
infería a mi mismo. Soy tantas personas y a la vez ninguna, con mis amigos soy
un chico normal, más bien se podría decir que el graciosillo, sentía que todos
de alguna manera me apreciaban y no solía caer mal a la gente. Cuando estaba
solo en cambio era un ser meditabundo, no solitario, pero sí que me gustaba
pensar. Y cuando estaba en la mesa… en la mesa marco el tiempo.
Por
aquellos años yo solía salir con Lucia, una pequeña niña rubia que simplemente
me atraía porque me proporcionaba un mayor dinamismo en la vida, bien es cierto
que en ocasiones la llegué a odiar, era posesiva, ególatra y repetitiva como
ella sola. Varios partidos de fútbol me perdí con mis amigos por su culpa. Aún
así la recuerdo con gran cariño, su pelo brillaba tanto que no me permite
oscurecer su recuerdo, probablemente tenga una idea irreal de cómo era en
realidad, pero al fin de al cabo son mis recuerdos y los pinto como yo quiero.
Eso sí, los recuerdos que tengo en la mesa no los pinto, los tengo grabados en
mi memoria de una manera fidedigna. ¡Ay! Cuando yo marcaba el tiempo…
Como
os podéis imaginar fue mi madre la que murió primero, para disgusto de todos
mis hermanos y de casi toda la familia. Triste e injustamente para mi padre no
supuso un gran trauma, a los pocos meses, o quizá semanas contrató una
sirvienta, la cual no podía ocupar el puesto de mi madre, esto estaba claro,
pero la vi unas cuantas veces entrar a la habitación de mi padre en medio de la
noche. Con alevosía, premeditación y nocturnidad. Yo a ella no la culpo, ni
culpo a mi padre tampoco, culpo a mi madre, a mi madre y su inocencia. Mi madre
y su inocencia que servían a mi padre primero en la mesa mientras yo
determinaba el ritmo.
Pues
claro, claro que yo siempre he buscado una chica diferente a mi madre, con algo
más de carácter, una chica a la que no le acompañase la banda sonora de unos
violines tristes violados por un acorde hiriente de violonchelo. Y en el fondo,
también quería una mujer que fuese como mi madre, simplemente para darle la
oportunidad de albergar otra vida, era como jugar a ser Dios. Cambiar el
destino de una chica cuyo futuro se proyectaba como el de mi madre y
convertirla en la chica más feliz del mundo, con Can’t buy me love de los
Beatles de fondo, que queréis, aquellos eran los tiempos dorados de los
Beatles, ahora seguramente le pondría otro fondo.
Y
yo marcando el tiempo….
L,
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