jueves, 3 de enero de 2013

QUE EL PAN HA DE ACOMPAÑARSE CON VINO


Mi padre y sus collejas me enseñaron que poner los codos encima de la mesa era una falta de respeto, mientras mi madre me mostraba el lado oscuro al que pertenece la sumisión disfrazada de amor servicial.

Yo imaginaba la vida como un constante musical y en esos momentos de reunión de la familia en la mesa la banda sonora que nos acompañaba era comparable a la del hundimiento del titanic, igual de tétrica y de mala. Momentos de tensión en los que los segundos los marcaba el sonido de mis dientes arrastrando la comida del tenedor. Es en el silencio donde más cosas oímos, donde se alza más triunfante el sonido. Esto es como todo, la bondad en un mundo repleto de maldad reclama mayor atención, pero ¿acaso adquiere mayor merito?. En un alborotado restaurante el chirrido de mis dientes en el tenedor pasa desapercibido, como lo haría un acto de bondad en un mundo contrario al de hoy. Sin embargo en la mesa… ya lo he dicho, es eso lo que marca los segundos.

Yo no era como todos esos demás niños protagonistas de otros relatos, yo ni leía, ni me gustaba estar solo, pero si que me sentía incomprendido, ¿Y quién no lo hace? Pero la incomprensión mas fundada y que más me preocupaba era la que me infería a mi mismo. Soy tantas personas y a la vez ninguna, con mis amigos soy un chico normal, más bien se podría decir que el graciosillo, sentía que todos de alguna manera me apreciaban y no solía caer mal a la gente. Cuando estaba solo en cambio era un ser meditabundo, no solitario, pero sí que me gustaba pensar. Y cuando estaba en la mesa… en la mesa marco el tiempo.

Por aquellos años yo solía salir con Lucia, una pequeña niña rubia que simplemente me atraía porque me proporcionaba un mayor dinamismo en la vida, bien es cierto que en ocasiones la llegué a odiar, era posesiva, ególatra y repetitiva como ella sola. Varios partidos de fútbol me perdí con mis amigos por su culpa. Aún así la recuerdo con gran cariño, su pelo brillaba tanto que no me permite oscurecer su recuerdo, probablemente tenga una idea irreal de cómo era en realidad, pero al fin de al cabo son mis recuerdos y los pinto como yo quiero. Eso sí, los recuerdos que tengo en la mesa no los pinto, los tengo grabados en mi memoria de una manera fidedigna. ¡Ay! Cuando yo marcaba el tiempo…

Como os podéis imaginar fue mi madre la que murió primero, para disgusto de todos mis hermanos y de casi toda la familia. Triste e injustamente para mi padre no supuso un gran trauma, a los pocos meses, o quizá semanas contrató una sirvienta, la cual no podía ocupar el puesto de mi madre, esto estaba claro, pero la vi unas cuantas veces entrar a la habitación de mi padre en medio de la noche. Con alevosía, premeditación y nocturnidad. Yo a ella no la culpo, ni culpo a mi padre tampoco, culpo a mi madre, a mi madre y su inocencia. Mi madre y su inocencia que servían a mi padre primero en la mesa mientras yo determinaba el ritmo.

Pues claro, claro que yo siempre he buscado una chica diferente a mi madre, con algo más de carácter, una chica a la que no le acompañase la banda sonora de unos violines tristes violados por un acorde hiriente de violonchelo. Y en el fondo, también quería una mujer que fuese como mi madre, simplemente para darle la oportunidad de albergar otra vida, era como jugar a ser Dios. Cambiar el destino de una chica cuyo futuro se proyectaba como el de mi madre y convertirla en la chica más feliz del mundo, con Can’t buy me love de los Beatles de fondo, que queréis, aquellos eran los tiempos dorados de los Beatles, ahora seguramente le pondría otro fondo.

                                                          Y yo marcando el tiempo….

L,

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