Son
las 7 y media de la mañana, como todos los amaneceres me despierto con el
sonido en la pared de la cama de mis vecinos, después de tantos desvelos he
deducido que el marido, son una pareja de recién casados, entra a trabajar a
las 8 y media y se levanta con una erección considerable, desechando la idea de
dejarla bajar, su reciente mujer ataca ferozmente y ponen a prueba cada mañana
los muelles de la cama y también las cuerdas vocales de sus gemidos. Les gusta
el sexo por la mañana, a muchas parejas les gusta el sexo por la mañana. Yo
prefiero desperezarme poco a poco y dejar lo caliente para después.
Después
de arrojar las sábanas al suelo, comienzo el repetitivo juego del pilla-pilla
con mis zapatillas, parece que nunca se cansan, aunque finalmente siempre salgo
victoriosa, siempre les da por esconderse debajo de la cama, creo que mantienen
una estrecha relación con las pelusas, pero ya tengo aprendida la lección y
cada vez las encuentro antes. Después me las pongo y las arrastro hasta la
cocina con un andar tan lento como apagado que espera reencontrarse con un
brick de leche, lleno por favor, al final de la nevera.
A
partir de este momento ya empiezo a ser persona, mi cerebro se pone en
funcionamiento y comienza esa faceta de mí y de todos que tanto odio:
racionalización del tiempo. De tal hora a tal hora haré esto, luego esto, luego
lo otro, luego lo de más allá, luego esto que no me apetece, luego esto que es
una obligación, luego cubre todo con las necesidades vitales. ¡Pero que tía mas
aburrida! Hay gente que vive sin ese raciocinio y es mucho más feliz, además a
la hora de irse a dormir no piensan en las cosas que se habían planeado por la
mañana y no han hecho, esos ataques de
conciencia son incansables.
Enciendo
el ordenador, recibo en mis recién levantados oídos el estrepitoso sonido de
inicio, siempre me dejo la noche anterior el volumen muy alto porque estoy
escuchando música, cada mañana me hago una nota mental de acordarme por la
noche de bajar el volumen para no sufrir semejantes sustos cada vez que lo
enciendo, siempre se me olvida. Primer ataque de conciencia.
Comienzo
a pensar. Nunca me habían dejado de una manera que me hubiese gustado tanto,
tan solo han pasado horas desde que él puso fin a esto con estas palabras:
Cuando
la rutina aprieta,
y las ambiciones están por los suelos,
y el resentimiento cabalga fuerte,
las emociones no crecen.
Y al cambiar nuestros caminos,
tomando carreteras diferentes.
El amor, el amor nos destrozará otra vez.
y las ambiciones están por los suelos,
y el resentimiento cabalga fuerte,
las emociones no crecen.
Y al cambiar nuestros caminos,
tomando carreteras diferentes.
El amor, el amor nos destrozará otra vez.
Es una mis canciones favoritas, él
lo sabía, me encanta que lo haya sabido. Los dos vivíamos con la certeza que
esto o “lo nuestro” como se suele decir, no iría a más, solo había que buscar
una manera original para romperlo, era lo que más nos daba quebraderos de
cabeza. Finalmente él acertó de pleno,
porque ¿Para qué mentir? Solía hacerlo. Puede que los dos lloráramos con el
último abrazo mientras sonaba esta canción y él me la tradujera de la manera
más sutil, pero los dos estábamos esbozando una gran sonrisa en nuestro
interior, porque si bien era cierto lo que 40 años atrás Ian Curtis compuso, la
rutina nos apretaba y aunque a todos en cierta manera nos gusta, la rutina nos
acaba por apagar, nos hace personas mecánicas. Con esta ruptura o comienzo de
nueva vida, depende de si se mira con optimismo o no, me quité un gran lastre
de mi vida. Mi paso comenzó a ser más ágil, y aunque también hubiese
inseguridad y cierto temor en él, la certeza de saber que estas haciendo lo
correcto y que te conviene puede con todo.
Mis días suelen comenzar todos de
una manera muy similar, bien es cierto que después de lo de anoche sentía que
había perdido un poco el norte, no sabía a dónde dirigirme. De pronto recordé
que años o quizá meses atrás, no lo recuerdo, preparé un kit de supervivencia
ante casos de desorientación como este. No, allí no había un brújula,
simplemente guardé una botella de vino, una cajetilla de cigarros y un libro.
¡Bohemia, que eres una bohemia! Pensé al reconocer lo que había.
Pues
bien, al principio pensé que estaba loca por pensar que eso podía ser una buena
manera de reconfortarme en mi desorientación y un punto de inflexión en mi
rutina. Pero qué narices, si un yo anterior a este y más joven lo había
pensado, tan mal no podía estar. Fui a
la cocina, abrí todos los cajones con ansia, lo que provocó un estrepitoso
sonido de la cubertería para además no encontrar el maldito sacacorchos. Yo
nunca bebía vino, ni champán, ni nada que hubiese que descorchar, eso obligaba
a tener siempre a mano un sacacorchos y a él le encantaban los vinos de
somontano. Estaba claro, si quería ahora enfrentarme a mi desorientado estado
con mi propuesta hecha años atrás lo necesitaba a él, menuda incongruencia, si
en teoría estoy haciendo esto para celebrar mi capitanía sobre la dirección de
mi vida ¿Por qué lo necesitaba a él para descorchar la puñetera botella de
vino?¿Dónde guardaría el retorcido sacacorchos? Desde luego si empezamos así
mal vamos; y entonces caí en la cuenta que dejarlo con él no era lo que más
temor me suponía, ya que no solo me “libraba” de él, me libraba de toda una
vida, de una gran parte de mi vida y esto me hacía replantearme muchas cosas
mientras por suerte me echaba un cigarro. El mechero lo encontré fácilmente,
aunque no fumo suelo usarlo para cortar los hilos que se salen de la camiseta,
y al fin del cabo es lo que había hecho con mi pareja, había quemado el hilo y
lo había tirado, mi camiseta ya no estaba entera. También podría haber tirado
del hilo y así que la camiseta se desvaneciera en largos centímetros de hilo,
lo mismo podría haber sido mi vida, centímetros de hilo sin ninguna conexión y
entre los que no se da ninguna forma.
Siento
que cada vez que estiro las sábanas le pierdo un poquito más, es como borrar
todos los caminos , todas las rutas seguidas la noche anterior en una excursión
por nuestros cuerpos que culminan con el mas exquisito descanso. Solo con un
simple manteo en el que aquí pierde todo su significado de alzamiento y
victoria deshago todo lo recorrido la noche anterior y es todo un volver a
empezar, y esta vez empezamos de cero. Mi abuela siempre me decía, y era algo
que yo odiaba y en parte lo sigo haciendo, que una casa cambia mucho con las
camas hechas, siempre lo he visto una tontería, nadie va a entrar en mi cuarto,
y el que lo haga será porque me da igual que vea la cama sin hacer. Me niego a
estirar pues las sábanas, ni ese recuerdo de mi abuela me da fuerzas para
hacerlo. ¿Qué hacer cuando sabes que debes romper con todo y avanzar pero no
puedes ni quieres?
Y
así me encontraba yo, con un libro de Herman Hesse abierto en la cama y una
situación que para nada era la que imaginé al rellenar esa caja. Esperaba que
la noche me acompañara pero sin embargo por mi ventana entraba el primer sol de
la mañana, ese que crea un rayo de luz y que te muestra todas las pelusas que
tu desconocías que te acompañaban en la habitación, pero que sin embargo no te
dan ninguna sensación de compañía, sino más bien de todo lo contrario. De la
calle venía todo el ruido matutino, coches con prisas hacía el trabajo, verjas
de las tiendas abriéndose, era la sintonía vital, y precisamente los planes que
había trazado no se correspondían mucho con la vitalidad.
L,
Realismo puro, excelente y amena narración, espero una próxima entrega, sigue con tu versatil creatividad
ResponderEliminarSimplemente genial
ResponderEliminarLa capacidad de aunar reflexión, decisión, autoconciencia...; con detalles minúsculos de entomóloga de la cotidianeidad, de atentísima observadora del día a día, dan como solución un fino preparado de afirmación y de identificación que hubiera enorgullecido a un Landero o a un Proust si de sus plumas hubiera salido. ¡Queremos más!
ResponderEliminarUna botella de vino, un paquete de tabaco y Hermann Hesse, qué buena compañía; me voy a preparar un kit de supervivencia parecido, aunque me he vuelto un poco sibarita en lo material y tendré cuidado en elegir el vino y el tabaco, la elección de Hesse para la zozobra espitritual me convence.
ResponderEliminarSoy Alfredo, a ver si consigo aprender como publicar con mi nombre y no recurrir al Anónimo.